Por Epuyén

Pablo Bonilla fue quien, durante poco más de 29 años, llevó adelante uno de los lugares con más historia de la noche rosarina. San Telmo, en un principio y La Luna, como lo conocimos a partir de 1993.

 

¿Cómo fueron los inicios?

A mi me tocó lo que fue el arranque de la noche, por decirlo de alguna manera. Venia de España, donde estuve cinco años, trabajando en bares y boliches,  terminé poniendo uno, pero como no me salieron los papeles de residencia me tuve que volver en noviembre del `86. En Javea, un pueblo chico justo entre el limite de Valencia y Alicante, frente a Ibiza, tenia un bar con un socio español, una parrilla bar tipo comedor. Se llamaba Ñam . Me vine directamente a poner un bar acá, yo había dejado tercer año de Arquitectura, así que dije: me vengo, completo los estudios y compro un bar. Llegué el 1 de noviembre y el 1 de diciembre compré San Telmo con otros dos socios. Lo elegí por dos motivos, porque era un lugar muy cosmopolita, muy variopinto, había de todo lo que te podés imaginar. Yo pude ver todo el destape en España, y acá el destape argentino post llegada de la democracia. Era un desenfreno total. El otro motivo fue que era toda la casa, si bien el bar estaba en la planta alta, me alquilaban toda la casa y yo me imaginaba convertir todo en un bar, esa idea la tenía desde el principio.

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¿Ya se llamaba San Telmo?

Si, lo compré con ese nombre, el que abrió San Telmo fue Gabriel Izquierdo. Lo que él hizo fue un bar, arriba, tipo café concert con escenario, llevaba grupos y  ya le daba una impronta cultural. La parte de atrás estaba abandonada y la parte de abajo era una galería, cuando lo compre ya no existía pero cuando arranca Gabriel le daba una onda bien como del barrio de  San Telmo, una casona vieja, grande, con mucha movida.

Se abría de lunes a lunes desde las 20. Se trabajaba y se salía todos los días. Hay que entender que por  aquellos días no había ningún tipo de comunicación, teléfonos celulares, redes, las comunicaciones eran los bares, había circuitos. El principal era El Cairo, la mesa de los galanes.Nosotros teníamos nuestra mesa de arquitectos. Nos juntábamos ahí y nos íbamos para el Bajo, hasta el día de hoy se le dice el Bajo. Estaba Baleque, El Barrilito, San Telmo, después estuvo Barcelona… vuelve a abrir Fulano de tal,  que le ponen Mengano y al lado de Barcelona estaba Salamanca, donde ahora está Mc Namara.  Se forma un polo donde la gente empieza a ir como lo es ahora Pichincha. En los `90, en Rosental, abre Contrabando y ahí explota la zona.

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¿Cuál era la propuesta de San Telmo?

Básicamente era llevarlo a lo mas informal posible, una de las cosas que hicimos fue poner un musicalizador, los bares ponían música, nosotros hicimos una cabina con un musicalizador y poníamos rock nacional, internacional y pop. Mucho más nacional que extranjero,nosotros mezclábamos bastante. Buena música, clásicos del rock and roll, del pop, del blues. Siempre se planteó como un lugar para escuchar música y tomar algo, lo de baile era algo más que había. La idea era encontrarte con el amigo, de hecho eso se mantuvo hasta el final.Vos podías ir solo y siempre te encontrabas con alguien conocido. Las generaciones fueron enganchando a los de más abajo. Otra cosa que traje de España fueron los jueves culturales, todos los jueves se hacia algún espectáculo de cultura,  muestras de cine, recitales, teatro, fotografía, lo que sea, pero el jueves era algo cultural.

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¿Quiénes participaron de esas propuestas culturales?

Los Piojos la primera vez que tocaron en Rosario fue ahí, la Bersuit Vergarabat toco ahí, la nueva reunión de Vox Dei, la trova prácticamente toda, Fito no toco porque el día anterior nos clausuraron y,al final, tocó en El Elefante Blanco.

¿Cómo eran los controles y la convivencia con los vecinos en aquella época?

La Municipalidad y las inspecciones me volvían loco, los vecinos se quejaban por ruidos molestos, yo hacia un trabajo importante con los vecinos, les tocaba la puerta, veíamos de solucionar insonorizando por todos lados, aparte, no estaban las multas que hay hoy que son extremadamente crueles y rigidas. La  Luna (ex San Telmo) era insalvable en estos términos, los decibeles que te permiten son 50 y la voz humana es de 60. Siempre la Municipalidad estuvo encima y esto se agravó con penas extremadamente fuertes, no había un margen de error. No hay un criterio para dar una solución, de entrada te liquidan. Yo tenia capacidad para 750 y me clausuraron por tener 751 personas, por una persona clausuraron dos semanas, o sea, es muy cruel el sistema municipal, mi opinión es que a la Municipalidad la noche no le interesa, no la quiere tener.  Quiere una onda Rock and Fellers o Lotus, que congregen mucha más gente en menos lugares y los demás que sean todos barcitos tranquilos, chiquitos, que no generen nada. El gobierno municipal no tiene política, ninguna.Tiene reglamentos. Nosotros lo único que dejamos vinculado a lo cultural fue una treintena de cuadros de artistas rosarinos que muchos conservo y otros vendí cuando se cerró  el bar.

¿De qué artistas de la ciudad hablás?

LuchoHall, Eduardo Contissa, el Negro Gomez,  Raúl Gonzalez, de Entre Ríos, compramos esculturas de Fabián Rucco, que ahora anda un avión , fotografías de Silvana Scuisatto,Cristian López, Pedro Iacomuzzi. Primero hacía muestras de las que iba comprando y fueron quedando colgados. Tuvimos un programa de radio en vivo con Osvaldo Bazán y Patricia Dibert, donde los Piojos presentaron Chac Tu Chac en Rosario.

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¿Por qué San Telmo se transforma en Luna?

Porque en el 88, una época muy dura de razias, venían y se llevaban a 50,60, la democracia era demasiado débil todavía, una noche cayeron y había unas 200 personas y encuentran cinco gramos de marihuana y uno de cocaína en el piso, a mi me meten en cana. Cuarenta días preso con el bar clausurado. Mis socios se abren y se suman Gary Valente y Daniel Kerol que eran amigos y clientes, entonces, había que cambiar el nombre y Daniel le pone Luna, finalmente cuando me absuelven quedo de nuevo como único dueño y decido ponerle La Luna, por el hermano del Chato, del kiosko del bar El Cairo que lo llamaba así. Siempre decía, “me voy a La Luna”.

¿Qué significó la decisión de cerrarlo?

Una etapa, no fue una decisión dolorosa, ya lo venia pensando, mis hijos crecían y aunque trabajaron conmigo, no lo llevaban en la sangre. Yo lo llevaba en la sangre, vivía para el bar. Lo modificaba, lo agrandaba, tardé catorce años en cumplir mi objetivo.

¿Dónde quedó la placa de San Telmo que estaba en la puerta?

Se la regalé, junto al farol que la iluminaba, a Gabriel Izquierdo, el primer dueño, que ahora vive en San Luis.

 

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