Por Ana Vicini

José González Castillo nació en Rosario el 25 de enero de 1885. Antes de su prolífera y destacada carrera como dramaturgo y letrista de tangos, ejerció diversos oficios, entre ellos el periodismo, en los diarios rosarinos La República y La Época.

Su aproximación al anarquismo se tradujo en una preocupación constante por la causa de los trabajadores y en una militancia política y sindical que atravesaron toda su vida.

 Fundó la Universidad Popular de Boedo, barrio que adoptó hasta su muerte en 1937.

El reconocido historiador y especialista en tango local, Lautaro Kaller, decidió trabajar sobre la vida y la obra de González Castillo, motivado por estas dos cuestiones que para él son fundamentales: su ideología y porque fue uno de los primeros letristas e intelectuales que se dedicaron de manera sistemática a la letrística tanguera.

El libro, que lleva por título  Un árbol en llamas, fue recientemente editado por UNR Editora y será presentado mañana jueves, a las 19 horas, en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa. Estarán presentes el autor, Osvaldo Bayer – encargado del prólogo del mismo- y Gerardo Quilici.

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¿Cuándo empezaste a trabajar sobre la biografía de González Castillo?

Esto es relativo, porque desde que empecé a trabajar con temáticas tangueras, cada vez que me topaba con algo de González Castillo lo apartaba, o sea que empecé a juntar material desde hace veinticinco años. Hace seis o siete años atrás es cuando comencé a trabajar ya concretamente en el libro, con investigaciones fragmentadas que fueron formando la espesura del libro.

¿Qué considerás relevante de su paso por Rosario?

Si bien nació en Rosario, de muy chico se fue a Buenos Aires. Luego con sus padres van a vivir al norte del país y en Salta queda huérfano, primero muero su madre y luego su padre. En medio de esa tragedia, digamos, entra en un seminario y estudia sus primeras letras. Luego se escapa y se viene a pie. Recorre el país trabajando en campos, haciendo de todo para sobrevivir. Era una criatura todavía. Llega a los 15 años, aproximadamente, a Rosario. Encuentro importante su estadía aquí porque acá conoce a Florencio Sánchez, acá se hace anarquista, interviene en la huelga de Refinería en octubre de 1901 y acá se hace periodista. Y, por otra parte, toma contacto con Lisandro de la Torre , que fue otro personaje importante dentro de su amistad y que tuvo que ver con su ideología y su formación.

¿Qué fue lo que te motivó a realizar la biografía? ¿Durante el proceso de investigación hubo datos o circunstancias de su vida que hayan llamado tu atención?

Yo busqué a González Castillo atravesado por el tango y el anarquismo, cuando  fui profundizando me encuentro con que anarquista había sido la primera etapa de su vida y que no era un hombre del tango. Digamos que abordó el tango por cuestiones coyunturales que tenían que ver con su maridaje con el sainete. Por supuesto que él fue el primer promotor de ese maridaje porque, justamente, se empezó a trabajar con tangos en el teatro nacional después de su obra Los dientes del perro, que es de 1918.

José González Castillo fue un luchador incansable, especialmente en el gremio de los autores. Él estuvo desde el año 1910,  cuando se creó la primera asociación de autores teatrales que tuvo continuidad  y fue el primer propulsor de la ley 11723, de Propiedad intelectual,  que todavía rige en nuestro país. A partir de esta ley, luego, se conformó Argentores y, por ende, Sadaic,  gremios que siguen hasta hoy.

Por último, lo más sorprendente con lo que me topé fue con su capacidad como dramaturgo, a nuestros días lo que más ha trascendido fue su obra Los Invertidos, que es una obra bastante conflictiva por la identidad sexual de los personajes que intervienen  y es de 1914, fue prohibida en su momento. Pero después tiene una cantidad de obras impresionante, hay algunas que son inhallables. Además de la calidad, es notable el éxito de público que tenían, lo que hace reflexionar sobre lo que era la sociedad porteña por esa época, años `10, `20. Eso  lo atravieso mucho durante todo el libro, toda esa coyuntura social y política.

Quiero aclarar que él abandona la militancia orgánica en el anarquismo, pero no sus tópicos. Continuó bregando por la recuperación de los derechos de las minorías y en Boedo, su barrio, hace un trabajo de base impresionante. Fue un luchador enorme y es por eso que el libro se llama Un árbol en llamas, por una frase del escritor César Tiempo, que hablando de Cátulo Castillo, su hijo, dice: “astilla luminosa desprendida de un árbol en llamas”.

PLACA UNIV.

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